TÍTULO: UNA FAMILIA EJEMPLAR.
Era una serena tarde de finales de abril, de esas con un cielo azul totalmente despejado, donde el sol se entretenía sigiloso, sin querer, en teñir el horizonte de un halo de intensos tonos rojizos que conseguían intensificar el verdor de las copas de los olivos que iban pasando de forma rápida mientras el coche, después de tantos años de ausencia, avanzaba por la sinuosa carretera con destino al pueblo que vagamente recordaba. En ese camino de ascenso, el aroma de las plantas silvestres que emanaba desde el campo, se colaba sigiloso al interior del vehículo, embriagando el ambiente de un agradable olor que provocaba en él una extrema sensación de bienestar y emoción.
A pesar de ello Jesús se encontraba nervioso y deseoso por ver fluir la imagen de las primeras casas entre el mar de olivos que lo invadía todo, quizás por un sentimiento ambivalente tanto de emoción, como de deseo extremo por reencontrarse con el pueblo donde transcurrieron su niñez y juventud.
Deseaba intensamente hacer vívidos sus recuerdos infantiles, reencontrarse y evocar los retazos que su pensamiento atesoraba de su paso por aquel pueblo. Al llegar a la entrada, detuvo el coche y observó el horizonte en el que se podían vislumbrar a lo lejos los pueblos de la comarca y alguna que otra cortijada con relucientes construcciones encaladas a las que los rayos de sol concedían una gran luminosidad.
El tiempo parecía haberse detenido y recordó con lucidez cómo llegar hasta la plaza, recorriendo una larga calle de subida, a la que popularmente apodaban el Carril, a cuyo término y girando hacia la izquierda llegaría a su destino, allí donde los edificios del Ayuntamiento y la Iglesia, uno frente al otro, parecían estar retándose desde hacía cientos de años. De repente, vio a su compañero Miguel en pie bajo el dintel de la puerta de la Iglesia, bajó del coche y se apresuró hacía él fundiéndose en un afectuoso abrazo.
- ¡Qué alegría verte de nuevo después de tanto tiempo¡. ¿Cómo estás? ¿Has notado muchos cambios en el pueblo?
-
En principio parece que el tiempo se hubiese detenido. Ahora te diré cuando vea
la Iglesia por dentro y pasee un poco rememorando los tiempos de antaño.
Los
dos sacerdotes se adentraron en el templo. Afortunadamente, esa no sería la
última vez que Don Jesús vendría al pueblo de su niñez, pues a partir de ese
día lo visitaría en muchas ocasiones; no haría falta excusa y su generosidad
era tan grande que no dudaría en ocupar su escaso tiempo libre en ayudar al
Párroco en momentos litúrgicos fuertes, acudir cada 25 de septiembre a la
fiesta del Patrón y siempre que se le reclamase. Total, Úbeda sólo quedaba a 18
kilómetros y en Begíjar siempre sería bien recibido. El porqué de ello sólo se puede explicar si
nos adelantamos algunas décadas en nuestra historia y rememoremos la trayectoria
de un matrimonio de maestros que lograron formar una familia ejemplar, con mucha
dedicación e ilusión, como todos los grandes proyectos que se planifican
cuidadosamente y se ambicionan poniendo los cinco sentidos en ellos. Su ser
cristiano, su fe y su entusiasmo les hicieron volcarse considerablemente en
conceder a sus hijos e hijas el mejor
regalo habido y por haber, el
procurarles una exquisita enseñanza y de
valores que también transmitirían a
generaciones enteras de niños y niñas de Begíjar.
Comenzamos
hablando Doña Ana, en su etapa adolescente. Nos situamos en Granada; después de
unos meses de dudas a expensas de dilucidar su futuro, la joven se atrevió por
fin a expresar sus deseos a sus progenitores. Aprovechó el momento de la
sobremesa, en que sus padres se encontraban solos en el salón después de comer,
para contarles qué estaba pasando por su cabeza.
-
Me gustaría deciros algo. Es acerca de mis planes más inmediatos.
Su
padre, al ver la seriedad con la que se dirigía a ellos, dejó el libro que
tenía entre sus manos y su madre sorprendida ante esa llamada de atención de su
hija, detuvo su costura. Ambos la miraron extrañados y atónitos, ante esa sorpresiva
aseveración que hacía peligrar lo planeado para Ana tras el verano.
-
Después de meditarlo mucho he decidido ingresar en el Convento de Santa
Catalina.
-
¿Cómo? – la interrumpió su madre. Ya tienes solicitada tu matrícula en la
Escuela Normal para el próximo curso.
-
Además…- repuso su padre -, sabes todo el esfuerzo que hemos tenido que hacer
para vivir aquí. Hemos dejado Jaén para hacer posible que puedas iniciar tus
estudios. Ni hablar de dar ese paso; te prepararás como maestra, y si cuando
seas mayor de edad quieres hacer otra cosa lo haces bajo tu responsabilidad, ahora
no es posible si sigues bajo este techo.
Ana
con rostro serio y mostrando la obediencia habitual que siempre había
manifestado ante sus padres, abandonó la estancia cabizbaja. Lloró durante toda
la noche ante la imposibilidad de entregar generosamente su vida a Dios,
sintiéndose contrariada porque ella quería dar ese paso ya, apresuradamente, y
poder así gozar del privilegio de haberle donado su juventud, con todo lo que
ello conllevaba. Recordó entonces unos versículos de la Primera Carta a Timoteo
donde podía leer: “Que nadie te menosprecie por ser joven. Al contrario, que tu
palabra, tu conducta, tu amor, tu fe y tu limpio proceder te conviertan en
modelo para los creyentes”. Y desde ese momento decidió mostrar siempre esta
actitud, con la docilidad típica de una señorita casadera.
Los
días de verano iban sucediéndose de manera fugaz, mientras ella esperaba su epílogo con una actitud de resignación deseando ardientemente el
comienzo de curso, en el que intentaría distraer su mente mientras se preparaba
con voluntad y fuerza para ser maestra. Quizás cuando fuese independiente y
pudiese decidir por sí misma, retomaría y materializaría esa decisión primera que
valoraba, sin duda, de suma importancia.
Llegó el primer día de clase; estar en la Escuela Normal de Maestros de Primera Enseñanza de Granada le provocaba mucha ilusión. Reconocía que eran tiempos en los que pocas mujeres se preparaban para ejercer como maestras debido a los roles de género impuestos para ellas y Ana sentía el deber de labrarse un porvenir prometedor. A sus 14 años empezaba su formación académica y se consideraba privilegiada; quizás deseaba que su vida tomase otros derroteros, pero en ese momento no podía imaginar la repercusión que tendrían esos años entregada totalmente al estudio, y cómo la prepararían para ejercer un decisivo papel como esposa y madre.
Fueron
cuatro años entregada al estudio que la formarían para en años posteriores
inculcar habilidosamente en su alumnado valores y conocimientos, en una
prolífica hoja de servicios de más de 40 años. De aquel tiempo, siempre
recordaría con especial cariño el día que conoció a Ramón, un apuesto candidato
a maestro como ella, de origen granadino. A pesar de no estar dentro de sus planes
más inmediatos en ese momento, juntos comenzaron una relación que posteriormente
se consolidó en un matrimonio firme y fructífero y duradero.
- ¿Me quieres Ana? – preguntó Ramón mirándola a los ojos con una pasión irrefrenable, mientras tras las clases, la acompañaba a casa.
-
Claro que sí, ya lo sabes, te lo he dicho infinidad de veces -respondió Ana con
su cara sonrojada-.
- No me digas pesado, pero me gusta oírlo, no
me canso nunca... Ten, mírame, tengo un presente para ti -le dijo sacando un
sobre de su carpeta-. Prohibido terminantemente abrirlo ahora; hazlo por favor,
cuando llegues a casa.
Ana
era impulsiva y subió las escaleras rápidamente; una vez entró a su hogar,
saludó con voz descompasada a su madre que se encontraba ultimando la comida en
la cocina y se dirigió a su habitación. Antes de cambiarse se tumbó en la cama
para calmar su impaciencia y poder descubrir el contenido del sobre que le
había entregado Ramón. Su corazón palpitó a una velocidad inusual mientras sus
manos temblaban sobremanera al abrirlo y contemplar una foto de su amado con
una dedicatoria por detrás que quedaría para siempre grabada en su memoria y
que acababa así: “Si en la naturaleza nada se destruye… ¿Se acabará mi amor?
Jamás. Si solamente se transforma…, ¿Se cambiará mi amor...? Sí, en la locura,
en adoración hacia la novia que es el encanto de mi vida. Así pues, Nana mía,
te quiero y con esto me contento, que me quieras como te ama el que daría su
vida entera por tu amor. (Tu Ramón, 30/7/1907).
Ana se emocionó grandemente al leer esas palabras. Su noviazgo le depararía una vida llena de dicha, aunque tampoco exenta de sombras. Ramón quedaría huérfano de padre y madre y eso, con el puesto de único hermano varón que ostentaba, le obligó a hacerse cargo de sus hermanas viviendo todos con sus tías bajo el mismo techo. Por este motivo no tuvo que realizar el Servicio Militar, siendo declarado “soldado condicional”, lo que conllevaba permanecer en casa hasta ser llamado en caso de necesidad, sin poder contraer matrimonio en un periodo de tres años y un día, tiempo que dedicó a esforzarse duramente y a estudiar como nunca, lo cual hizo que en 1912 aprobase las oposiciones obteniendo el número 1. También Ana logró obtener la ansiada plaza un año después, lo cual motivó que en 1914 sonaran por fin campanas de boda para Don Ramón y Doña Ana, contrayendo matrimonio en la Parroquia de San Matías en Granada y marchando posteriormente a vivir a Linares, donde ambos obtuvieron su primer destino. Poco más de dos años después, en 1916, cesan en Linares y son destinados a Begíjar, Don Ramón como titular de la Escuela Nacional de Niños en la actual Calle Patrocinio Biedma y Doña Ana como responsable de la Escuela de Niñas en la Calle Julio Burell, número 35.
Desgraciadamente, el primer hijo del matrimonio nació muerto y del segundo embarazo de Doña Ana nacería un niño llamado Ramón, allí en Begíjar, el pueblo donde la familia Mendoza Negrillo fue inmensamente feliz. Tal como Don Ramón lo describiría años después, allí vivieron un “bello sueño” que duró 15 años, disfrutando de una vida tranquila, fomentando actos culturales y desarrollando ambos una encomiable labor educativa y una entrega al máximo a su alumnado. Cuentan que el matrimonio bajaba con mucha antelación a su trabajo, para ir preparando con esmero cada jornada, personalizando la tarea y adaptándola a las necesidades individuales del alumnado de sus respectivas aulas, todo lo cual les hizo merecedores de que el colegio aún conserve el nombre de Don Ramón Mendoza, y también exista una calle que lleva el nombre de Mendoza y Negrillo en honor al matrimonio. Además, en 1926, el cariño del pueblo hacia estos maestros se materializó en la colocación de una placa en su honor en la plazoleta ubicada en la parte trasera de la Iglesia, junto a la escuela de Don Ramón, que además de maestro fue articulista en la Prensa Provincial y Presidente de la Asociación Provincial de Maestros Católicos.
El
matrimonio siguió dando frutos en Begíjar, en concreto seis vástagos más: tres
hijos (Juan de Dios, José Manuel y Jesús) y tres hijas (Amalia, Mª Dolores y
Ana) que crecían felices en este pueblo tan querido para ellos. Sin embargo,
finalizando el curso 1930/1931, Don Ramón se dirigió a sus alumnos para darles
una noticia inesperada:
-
El próximo curso tanto Doña Ana como yo ejerceremos en Linares. Durante el
verano nos trasladaremos allí, para que nuestros hijos puedan continuar con sus
estudios de Bachillerato en el Instituto, dada la imposibilidad de hacerlo en
Begíjar.
Los
alumnos quedaron atónitos tras la noticia y a pesar de que Don Ramón les
aseguraba que iban a seguir en contacto, salieron muy tristes de clase ese día.
Contaba un alumno de Don Ramón que ese
día corrían las lágrimas en muchas casas de Begíjar por la inminente partida de
la familia Mendoza Negrillo. No obstante, eso no impidió que muchos siguieran en
contacto muchos años con Don Ramón, carteándose con él y recibiendo sus sabios
consejos en base a los cuales orientar su vida. Al maestro le seguía preocupando
que sus alumnos tuviesen una buena preparación básica además de religiosa y de
hecho, fueron muchas oficinas, talleres, centros de estudio, etc… quienes
recibieron a estos alumnos sobradamente preparados.
Don
Ramón siempre sintió nostalgia de Begíjar, acrecentada por las cartas y visitas
que él mismo hacía al pueblo, lo que provocó que en la Guerra Civil, Begíjar le
correspondiese con todo su apoyo total y su ayuda, procurándoles trabajo y casa
a algunos de sus hijos, así como enviándoles víveres ya que en Linares, ciudad
más industrial y minera que agrícola, era más difícil subsistir. Eso provocaba que su imaginación volase en
muchas ocasiones al pueblo y de hecho, en julio de 1938 (plena Guerra Civil)
vivió un curioso episodio: se encontraba a las afueras de Linares, desde donde podía
otear en la lejanía Begíjar y Sierra Mágina al fondo. Entonces se sintió
empujado a encaminarse hacia allí y su familia, al sentir su ausencia,
experimentó una gran preocupación que sólo se disipó cuando recibieron una
llamada del mismo para tranquilizarlos, contándoles dónde estaba.
Pasada
la guerra vuelven sus hijos Juan de Dios y Ramón a Linares. Es un tiempo en que
tuvo lugar una depuración de todo aquello que tuviese que ver con la educación
(docentes tanto de la enseñanza pública como privada, las Escuelas Normales,
libros de texto, etc…) para así dar fin a cualquier signo de pedagogía liberal,
provocando masivas expulsiones del Magisterio y fusilamientos de maestros por
poseer algún carnet de la FETE (Federación de Trabajadores de la Enseñanza).
En
este tiempo, Don Ramón también hubo de seguir una serie de trámites urgentes
para ejercer de nuevo como maestro, entre ellos responder a un cuestionario y
ratificar sus respuestas ante un Juez y un Secretario, alegando informes del
Alcalde y Cura Párroco sobre su conducta en Begíjar durante los 16 años de
residencia allí, su Diario de clase, así como sus cuadernos de preparación de
las lecciones.
Los
años de la postguerra resultaron ser muy duros; en ellos animó a sus hijos a
colaborar en Acción Católica, una organización laical, creada por la propia
Iglesia, para afrontar los nuevos
requerimientos pastorales propios de la época, que les proporcionaron un
espíritu misional desbordante en una edad tan incierta de la vida como es la
adolescencia y juventud. Su hijo Pepe cuenta en uno de sus escritos: “A
nosotros nos tocó la guerra civil española, pero en mi pueblo (se refería por
supuesto a Begíjar) un religioso, de manera secreta, oficiaba Misas en las
casas y esto nos influyó sin duda, a la hora de elegir nuestra vocación”.
Fue
así, a raíz de muchas experiencias vividas junto a otros jóvenes, en multitud
de celebraciones y asistiendo a Misa diariamente, etc…, como fueron surgiendo en
los años venideros las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada de seis
de los siete hermanos. Los tres hijos varones ingresaron en la Compañía de
Jesús y las tres hijas en la Orden de las Mercedarias Misioneras de Bérriz.
Ramón, el hijo mayor fue el único que contrajo matrimonio y llegó a ser
profesor adjunto de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de
Sevilla, del Cuerpo Facultativo de Estadística.
La muerte sorprendió a Don Ramón en junio de 1947.
Sus alumnos de Begíjar y Linares (de 10 a 40 años) le tributaron un sentido
homenaje, llevando su cadáver en hombros desde su casa al cementerio, más de 2
kilómetros atravesando las principales calles de la ciudad.
Doña Ana, después de jubilarse, marchó a vivir a Úbeda, cerca de la SAFA donde estaba su hijo Jesús y seguramente allí vivió consagrada a sus muchas aficiones, dedicándose a la oración y al apostolado y acordándose constantemente de sus hijos misioneros esparcidos desde Ecuador a Oceanía, con un natural dolor de madre al no poder gozar de su presencia cuanto ella quisiera.
¿Y en Begíjar qué queda de ellos? Un recuerdo
imborrable plasmado en el nombre de un colegio y en una calle. Puede que en
alguna de las obras de la plazoleta desapareciera la placa de la pared frontal
en honor al matrimonio, una placa gris que llamaba poderosamente mi atención y que
pude leer muchas veces. Sé que su hijo, el Padre Jesús Mendoza, preguntaba por
ella en sus últimos años, sabiendo que ya no estaba en su lugar, con la
esperanza de verla restablecida en alguna ocasión, hasta que un día una
enfermedad denominada alzheimer minó su memoria hasta el punto de hacerla
desaparecer. No obstante, para el alumnado de la SAFA de Úbeda y de otros
lugares por los que pasó, consiguió ser un referente por una vida de entrega y
compromiso con los más necesitados.
Recuerdo en mis tiempos de niñez, como un día
nos llamó a los niños y niñas que jugábamos en la plaza y nos estuvo dando una
catequesis hablándonos de la labor que sus hermanas realizaban como misioneras
en Oceanía mientras que iba pasando unas diapositivas. Era un hombre que
impresionaba al oírle hablar, quizás por su talante, su elegante apariencia y
ser sin duda un gran comunicador.
Cierto
día, por mediación de un alumno de su padre y coetáneo suyo, me acerqué a la Biblioteca de esta institución
jesuita y él mismo, me entregó una recopilación de escritos sobre la vida y
obra de sus padres que guardo con mucho cariño; de ahí justamente he
entresacado información para escribir este relato, la cual quiero dar a conocer
para que no pase desapercibida.
Sigamos pues el ejemplo de esta familia y de tantas otras a las que
debemos tanto, que trabajaron duro, y que a pesar de una vida de restricciones progresaron,
se esforzaron y se desvivieron por instruir a nuestros antepasados. No las
olvidemos, ni ignoremos nuestros orígenes; de no haber sido por ellas no
hubiésemos llegado a ser los hombres y mujeres que somos hoy.
Amemos nuestro pueblo honrando a los/las que
nos precedieron, dotando a nuestra población de una identidad propia,
generación tras generación. Y, ante todo,
sintámonos orgullosos de Begíjar, de su cultura, de sus tradiciones y de sus
gentes; confiemos que este bendito pueblo pueda ser siempre un lugar de
encuentro y la ocasión de adentrarse en un espacio donde siempre sentirnos
aliviados, afortunados y agradecidos; un bello lugar donde tomar impulso y a la
vez encontrar la calma, reconectando con nuestros familiares y con nosotros
mismos, en un cruce de civilizaciones rebosante de historia, con un valioso y
singular patrimonio que nos identifica y nos transporta a otras épocas y en el
que se forjaron nuestros sueños de infancia y juventud, para un día materializarse
y hacerse realidad, en definitiva, un camino hacia casa en el que siempre experimentamos
un cálido ambiente que nos envuelve y a la vez nos brinda poder gozar de esos momentos
que son ya esencia de un pasado que
envuelve nuestra alma y que nos hace gozar con su encanto.
MARÍA TERESA GARCÍA PERALES.











