SEMBLANZA DE UN SACERDOTE
“Ser sacerdote
significa entregar tu vida a Jesucristo, en su Iglesia, a fondo perdido, para
hacerlo visible (sacramentalizar, decimos) como
Pastor de sushermanos. Decía San Agustín a su comunidad: «Con vosotros soy
cristiano; para vosotros, Obispo... Lo primero es una gracia que me salva; lo
segundo, una responsabilidad que me hace temblar» (no cito literalmente). Pues
ser sacerdote está «en orden» a que todos los bautizados vivan su condición de
cristianos, de bautizados”.
(Don Pedro López de la
Manzanara en un artículo de Siembra en 2008).
La noticia de su muerte, a los
71 años de edad nos sorprendía el pasado 30 de noviembre. Al día siguiente fue
despedido en un multitudinario funeral en la Parroquia de la Asunción,
presidido por el Obispo de Ciudad Real Don Gerardo Melgar y más de un centenar
de sacerdotes, interviniendo también en la Misa el Coro del Seminario Diocesano.
Sus padres: Cesáreo y Manuela,
tuvieron dos hijos más: Martín y Antonio. Hemos pedido a Don Antonio, su
hermano pequeño, que nos responda unas
preguntas y así poder conocer más la vida de Don Pedro.
¿Cómo decidió Don Pedro ser
sacerdote?
Mi hermano siempre agradecía
que mi madre le hubiese enseñado desde muy pequeño quien era Jesús y la Virgen
María. Desde entonces tuvo admiración por los dos y con siete años tuvo su
primera relación con la Iglesia, al entrar a formar parte de la plantilla de
monaguillos en la parroquia de la Asunción de Manzanares.
Al cumplir los once años,
plantea en a nuestra familia su deseo de ingresar en el Seminario Diocesano de
Ciudad Real, cuestión que no era fácil como consecuencia de que la economía
familiar era muy humilde, pero gracias a la colaboración de la Hermandad de
Nuestro Padre Jesús del Perdón, así como de familiares cercanos y amigos, logró
su ingreso.
Cuando cumplió dieciséis años,
y gracias a la implantación de becas nacionales y su trabajo en verano, bien
dando clases particulares, en la vendimia o más adelante, trabajando en hoteles
y restaurantes de la costa, pudo mantenerse y pagarse sus estudios.
¿Qué recuerdos tienes de
cuando él era niño?
En su etapa de monaguillo, ya
solía jugar con nueve o diez años, a celebrar la Misa en su casa. Se vestía con
una bata negra de nuestra abuela y un roquete que le confeccionó mi madre, que
era costurera. Nuestro hermano Martín oficiaba de monaguillo y yo que era el
pequeño, de feligrés, comulgando con galletitas. Recuerdo que utilizaba frases
en latín, porque la misa en aquella época tenía partes que se decían en latín.
¿Cómo lo definirías?
Siempre fue un magnífico
estudiante con notas brillantes, buen deportista y extraordinario conversador.
Tenía la magia, en su expresión y alocuciones, de conseguir que quien lo
escuchaba, no se cansaba de oírlo. Era de las personas que durante su vida fue fiel
a sus creencias y las ejercía. Daba gracias a Dios, por haber nacido en una
familia humilde de la que siempre se sintió orgulloso. Aunque siempre ha
estado, a veces lejos de ella, siempre estaba pendiente a la vez. No se le
olvidaba un cumpleaños, un aniversario. Siempre estaba presente, aunque
estuviese ausente.
Su visita a los enfermos era
muy habitual, así como a la cárcel. Sus donativos eran constantes dentro de su
humilde economía. En resumen, era un hombre de fe.
¿Recuerdas alguna anécdota de
su vida en especial, digna de ser contada?
Sí, hay una anécdota, que tras
el fallecimiento de un compañero sacerdote, Pedro fue a visitar a unas monjas
en su convento. Cuando llegó, todas ellas salieron a recibirlo muy
apesadumbradas y tristes por la muerte de este sacerdote y Pedro les dijo, como
era él, con carácter: “Vamos a ver, nos lo creemos o no. Nuestro amigo ha
nacido a la Nueva Vida y ello nos tiene que llenar de alegría y satisfacción.
Ya está junto al Padre”.
¿Qué servicios pastorales
desarrolló a lo largo de su vida sacerdotal?
Desde que fue ordenado
sacerdote a los 24 años en Castellar de Santiago, desarrolló su vida sacerdotal
por muchos lugares y servicios: Horcajo de los Montes, Cali (Colombia),
Coordinador de Pastoral Juvenil y Puertollano, Formador del Seminario Menor y
Las Casas, Parroquia de San Juan de Ávila en Ciudad Real, Delegado en Cáritas
Diocesana, Roma (por estudios teológicos), Bolaños de Calatrava y su último
destino, la Parroquia de Santiago Apóstol en Ciudad Real.
Aunque su vocación era servir
en una parroquia, poco tiempo de su sacerdocio pudo hacerlo. Su voto de
obediencia, le llevo a pasar muchos años en el Seminario de Ciudad Real para
formar y educar a los futuros candidatos al sacerdocio. Primero una etapa de
siete años como formador del Seminario Menor, y luego más tarde once años como Rector.
Por tal motivo, quizás sea uno de los sacerdotes más conocido y querido en la Diócesis
por sus compañeros, ya que prácticamente todos los menores de cincuenta años
han convivido con él en el Seminario.
Gracias Don Antonio por darnos
a conocer la trayectoria personal de Don Pedro. Somos muchos los que hemos
tenido la suerte de oírlo decir Misa, predicar o incluso asistir a charlas que
ponían de manifiesto su inteligencia y completa formación .
Don Antonio también nos cuenta
que el mismo día de la muerte de su hermano le llegó, a través de una
religiosa, una reflexión de Don Pedro escrita en 2011 (y leída en la Misa
Exequial), sobre su sueño de llegar al cielo. Dice así:
“ME ALEGRÉ CUANDO ME
DIJERON…”(Salmo 122).
“Con paz, confianza y alegría, cada vez soy más consciente
de haber recorrido ya la parte ascendente de la vida, soy consciente de estar
bajando y dibujando ya los senderos hacia la casa del Padre, agradecido y
gozoso por el regalo de la vida, mi vida, pero sintiendo el cansancio acumulado
también por rehacer tantas veces caminos y trechos equivocados.
Sueño con esperanza en el
abrazo final.
Sueño en el vientecillo fresco
que vendrá a mi encuentro ladera arriba y que sorprendentemente pondrá a arder
mi corazón.
Sueño con reconocer al Hijo,
con sus llagas resucitadas, como amor eterno por mí, confío que saldrá a mi
encuentro, me abrazará y pondrá su rostro junto al mío, arañado y magullado por
mis propios golpes para presentarme junto a él y como
él, el hijo en el Hijo a su Padre.
Sueño, espero y confío que el
Padre correrá a abrazarme y levantará mi cabeza y enderezará mi cuerpo, y me
cubrirá de besos y me abrirá las puertas y me sentará a la mesa y me secará las
lágrimas y me lavará los pies y con unción sanará mis muchas heridas y definitivamente
me dará a comer su vida; carne y sangre gloriosa de su Hijo, cordero
sacrificado y comeremos juntos y en su rostro veré los mil rostros amados que
me adelantaron por el camino y esperaré a los que amo.
Sueño en la sobremesa al lado
del fuego, recuerdo de traiciones de mayor amor, como Pedro. Con café y copa,
ahora sí, hablando de la vida y de mi vida, yo acusándome y los tres
defendiéndome y excusándome.
Sueño con un juicio justamente
misericordioso, con esta sentencia purificadora: no podrás gozar plenamente de
la gloria hasta que todos, a los que has amado, vosotros, no terminen su camino
y compartan nuestra mesa.
Sueño con ver a la Madre, bálsamo en esa
espera, hogar y brazos acogedores, ojos y labios que besan, refugio de
pecadores.
Sueño con la bienaventuranza eterna para la
que Dios me creó, el Hijo me redimió y el Espíritu me santificó. Ya están
pisando mis pies tus umbrales Jerusalén, del Cielo, con temor y asombro ante
Dios, con rubor y pesar por mis pecados, con más amor y deseo de calmar mi sed
con el agua viva de la fuente, espero, confío, amo, hasta el encuentro final.
Amén”.
MARÍA TERESA GARCÍA PERALES.

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