domingo, 20 de febrero de 2022

ENTREVISTA A DON ANTONIO LÓPEZ DE LA MANZANARA BARRANCO.

 

SEMBLANZA DE UN SACERDOTE

“Ser sacerdote significa entregar tu vida a Jesucristo, en su Iglesia, a fondo perdido, para hacerlo visible (sacramentalizar, decimos) como Pastor de sushermanos. Decía San Agustín a su comunidad: «Con vosotros soy cristiano; para vosotros, Obispo... Lo primero es una gracia que me salva; lo segundo, una responsabilidad que me hace temblar» (no cito literalmente). Pues ser sacerdote está «en orden» a que todos los bautizados vivan su condición de cristianos, de bautizados”.

(Don Pedro López de la Manzanara en un artículo de Siembra en 2008).

No es tarea fácil resumir en unos renglones una vida plena, de entrega generosa y servicio a través del Ministerio Sacerdotal, como la de Don Pedro López de la Manzanara Núñez-Barranco, sacerdote nacido en Manzanares.

La noticia de su muerte, a los 71 años de edad nos sorprendía el pasado 30 de noviembre. Al día siguiente fue despedido en un multitudinario funeral en la Parroquia de la Asunción, presidido por el Obispo de Ciudad Real Don Gerardo Melgar y más de un centenar de sacerdotes, interviniendo también en la Misa el Coro del Seminario Diocesano.

Sus padres: Cesáreo y Manuela, tuvieron dos hijos más: Martín y Antonio. Hemos pedido a Don Antonio, su hermano pequeño,  que nos responda unas preguntas y así poder conocer más la vida de Don Pedro.

¿Cómo decidió Don Pedro ser sacerdote?

Mi hermano siempre agradecía que mi madre le hubiese enseñado desde muy pequeño quien era Jesús y la Virgen María. Desde entonces tuvo admiración por los dos y con siete años tuvo su primera relación con la Iglesia, al entrar a formar parte de la plantilla de monaguillos en la parroquia de la Asunción de Manzanares.

Al cumplir los once años, plantea en a nuestra familia su deseo de ingresar en el Seminario Diocesano de Ciudad Real, cuestión que no era fácil como consecuencia de que la economía familiar era muy humilde, pero gracias a la colaboración de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Perdón, así como de familiares cercanos y amigos, logró su ingreso.

Cuando cumplió dieciséis años, y gracias a la implantación de becas nacionales y su trabajo en verano, bien dando clases particulares, en la vendimia o más adelante, trabajando en hoteles y restaurantes de la costa, pudo mantenerse y pagarse sus estudios.

¿Qué recuerdos tienes de cuando él era niño?

En su etapa de monaguillo, ya solía jugar con nueve o diez años, a celebrar la Misa en su casa. Se vestía con una bata negra de nuestra abuela y un roquete que le confeccionó mi madre, que era costurera. Nuestro hermano Martín oficiaba de monaguillo y yo que era el pequeño, de feligrés, comulgando con galletitas. Recuerdo que utilizaba frases en latín, porque la misa en aquella época tenía partes que se decían en latín.

¿Cómo lo definirías?

Siempre fue un magnífico estudiante con notas brillantes, buen deportista y extraordinario conversador. Tenía la magia, en su expresión y alocuciones, de conseguir que quien lo escuchaba, no se cansaba de oírlo. Era de las personas que durante su vida fue fiel a sus creencias y las ejercía. Daba gracias a Dios, por haber nacido en una familia humilde de la que siempre se sintió orgulloso. Aunque siempre ha estado, a veces lejos de ella, siempre estaba pendiente a la vez. No se le olvidaba un cumpleaños, un aniversario. Siempre estaba presente, aunque estuviese ausente.

Su visita a los enfermos era muy habitual, así como a la cárcel. Sus donativos eran constantes dentro de su humilde economía. En resumen, era un hombre de fe.

¿Recuerdas alguna anécdota de su vida en especial, digna de ser contada?

Sí, hay una anécdota, que tras el fallecimiento de un compañero sacerdote, Pedro fue a visitar a unas monjas en su convento. Cuando llegó, todas ellas salieron a recibirlo muy apesadumbradas y tristes por la muerte de este sacerdote y Pedro les dijo, como era él, con carácter: “Vamos a ver, nos lo creemos o no. Nuestro amigo ha nacido a la Nueva Vida y ello nos tiene que llenar de alegría y satisfacción. Ya está junto al Padre”.

¿Qué servicios pastorales desarrolló a lo largo de su vida sacerdotal?

Desde que fue ordenado sacerdote a los 24 años en Castellar de Santiago, desarrolló su vida sacerdotal por muchos lugares y servicios: Horcajo de los Montes, Cali (Colombia), Coordinador de Pastoral Juvenil y Puertollano, Formador del Seminario Menor y Las Casas, Parroquia de San Juan de Ávila en Ciudad Real, Delegado en Cáritas Diocesana, Roma (por estudios teológicos), Bolaños de Calatrava y su último destino, la Parroquia de Santiago Apóstol en Ciudad Real.

Aunque su vocación era servir en una parroquia, poco tiempo de su sacerdocio pudo hacerlo. Su voto de obediencia, le llevo a pasar muchos años en el Seminario de Ciudad Real para formar y educar a los futuros candidatos al sacerdocio. Primero una etapa de siete años como formador del Seminario Menor, y luego más tarde once años como Rector. Por tal motivo, quizás sea uno de los sacerdotes más conocido y querido en la Diócesis por sus compañeros, ya que prácticamente todos los menores de cincuenta años han convivido con él en el Seminario.  

Gracias Don Antonio por darnos a conocer la trayectoria personal de Don Pedro. Somos muchos los que hemos tenido la suerte de oírlo decir Misa, predicar o incluso asistir a charlas que ponían de manifiesto su inteligencia y completa formación .

Don Antonio también nos cuenta que el mismo día de la muerte de su hermano le llegó, a través de una religiosa, una reflexión de Don Pedro escrita en 2011 (y leída en la Misa Exequial), sobre su sueño de llegar al cielo. Dice así:

“ME ALEGRÉ CUANDO ME DIJERON…”(Salmo 122).

“Con paz, confianza y alegría, cada vez soy más consciente de haber recorrido ya la parte ascendente de la vida, soy consciente de estar bajando y dibujando ya los senderos hacia la casa del Padre, agradecido y gozoso por el regalo de la vida, mi vida, pero sintiendo el cansancio acumulado también por rehacer tantas veces caminos y trechos equivocados.

Sueño con esperanza en el abrazo final.

Sueño en el vientecillo fresco que vendrá a mi encuentro ladera arriba y que sorprendentemente pondrá a arder mi corazón.

Sueño con reconocer al Hijo, con sus llagas resucitadas, como amor eterno por mí, confío que saldrá a mi encuentro, me abrazará y pondrá su rostro junto al mío, arañado y magullado por mis propios golpes para presentarme junto a él y como él, el hijo en el Hijo a su Padre.

Sueño, espero y confío que el Padre correrá a abrazarme y levantará mi cabeza y enderezará mi cuerpo, y me cubrirá de besos y me abrirá las puertas y me sentará a la mesa y me secará las lágrimas y me lavará los pies y con unción sanará mis muchas heridas y definitivamente me dará a comer su vida; carne y sangre gloriosa de su Hijo, cordero sacrificado y comeremos juntos y en su rostro veré los mil rostros amados que me adelantaron por el camino y esperaré a los que amo.

Sueño en la sobremesa al lado del fuego, recuerdo de traiciones de mayor amor, como Pedro. Con café y copa, ahora sí, hablando de la vida y de mi vida, yo acusándome y los tres defendiéndome y excusándome.

Sueño con un juicio justamente misericordioso, con esta sentencia purificadora: no podrás gozar plenamente de la gloria hasta que todos, a los que has amado, vosotros, no terminen su camino y compartan nuestra mesa.

 Sueño con ver a la Madre, bálsamo en esa espera, hogar y brazos acogedores, ojos y labios que besan, refugio de pecadores.

 Sueño con la bienaventuranza eterna para la que Dios me creó, el Hijo me redimió y el Espíritu me santificó. Ya están pisando mis pies tus umbrales Jerusalén, del Cielo, con temor y asombro ante Dios, con rubor y pesar por mis pecados, con más amor y deseo de calmar mi sed con el agua viva de la fuente, espero, confío, amo, hasta el encuentro final. Amén”.

MARÍA TERESA GARCÍA PERALES.

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