Recientemente nos dejaba Mati
Fresneda, catequista de la Parroquia de Altagracia, muy querida y recordada por
todos, especialmente por sus compañeras, que la describen como una persona muy
sencilla, buena, cariñosa y discreta. De ella también dicen que siempre tenía
una sonrisa en la boca, que era muy paciente y que no protestaba nunca.
Impartió catequesis desde 1995
hasta 2004, cuando por motivos de salud tuvo que dejarlo; una vez recuperada,
continuó dando catequesis unos años más, faltando pocas veces a su cita semanal
con sus catecúmenos.
Dio catequesis en 4º, siendo
sus compañeras Paloma Lorente, Mari Ramos y Tere Sepúlveda, y después estuvo
dando catequesis también en 2º. Tenía una fe fuerte y un don especial para
atraer la atención de los niños que la querían mucho.
Cuentan que eran años de mucha
unión entre las catequistas, que se reunían varias veces al año para hacer
convivencias y comidas o cenas de Navidad. En algunos de esos encuentros, no
faltaban las tortillas de Mati que eran famosas por lo buenas que estaban.
Cuando Don Jerónimo llegó a la
parroquia comenzó con unas reuniones de formación para mayores a las que
denominó “El Tren de la Fe”. A esas reuniones fueron invitadas algunas
catequistas más jóvenes como Matilde, Tere
Sepúlveda, Rosa Mari y de ahí salió un grupo de formación para adultos de los
viernes a los que venía mucha gente a formarse, formación que después siguió teniendo
continuidad a la llegada de Don Secundino. Los últimos años Mati asistía con
cierta dificultad por su enfermedad, e incluso la acompañaba casi siempre su
esposo.
Ha pasado muy poco tiempo
desde su partida a la casa del Padre y por ello, le hemos pedido a su hija Inma
que nos hable de su madre y de su familia:
“Mi
madre nació el 13 de marzo de 1947 en Manzanares. Sus padres decidieron ponerle
el nombre de su abuela paterna que había nacido, coincidencias de la vida, un
día después, el 14 de marzo, día de Santa Matilde. Por ello, celebraba su
cumpleaños y santo en días consecutivos. Ella prefería que le llamaran Mati, en
vez de Matilde.
Casada desde el 1971 con mi padre, Fernando
Cotillo, su compañero de vida y con el que formó su familia, con mi hermano
Fernando y conmigo. Los dos han sido para nosotros ejemplo de amor y dedicación
el uno para el otro hasta sus últimos momentos juntos”.
¿Dónde nació tu madre?
Nació en Manzanares, aunque mis abuelos no
eran de aquí (Villanueva de la Fuente y Membrilla respectivamente). Tenía un
hermano que pronto dejó el hogar familiar para estudiar y vivir fuera de
Manzanares. Actualmente vive en Úbeda (Jaén). Siempre mantuvieron una relación
de mucho cariño, aunque ya en los últimos años, debido a que tanto mi madre
como mis tíos tenían problemas de salud, no podían visitarse muy a menudo.
Fue al colegio San José de las Madres
Concepcionistas. Recuerdo muchísimas anécdotas que nos contaba de esa época
sobre sus compañeras de clase y profesoras. Ella me contaba que incluso cuando
terminó sus estudios, siguió acudiendo a actividades religiosas que se
celebraban allí.
¿Cómo la describirías?
Describiría a mi madre como una persona
amable, muy sensible, de trato muy afable, siempre con una sonrisa para los
demás. Muy dedicada a su familia,
siempre atenta a nuestras necesidades.
Ella cuando más
disfrutaba era cuidando y estando pendiente de los demás, hasta tal punto
llegaba que aún estando ya bastante enferma, lo seguía haciendo y lo prefería
en vez de que cuidarán de ella.
También fue muy creyente, con profundas
convicciones religiosas. En sus últimos
años, su enfermedad no le permitía acudir a la parroquia como lo había estado
haciendo con anterioridad. Sin embargo, escuchaba la misa en la televisión y en
la radio todas las mañanas. Rezaba y leía sus oraciones en un pequeño libro que
siempre guardaba en la mesita de noche junto con sus rosarios. Pertenecía a la
hermandad de Nuestro Padre Jesús del Perdón, del que era muy devota junto con
la Virgen del Espino, pienso que transmitido por mi abuela que era de
Membrilla.
¿Qué destacarías de ella?
Me gustaría destacar también su espíritu de
ayuda a los demás y su espíritu de sacrificio. Fue miembro del voluntariado de
San Vicente de Paúl colaborando en diversas actividades que se realizaban con
los “abuelos” (como ella siempre les llamaba con tanto cariño) en la Residencia
de Ancianos de La Milagrosa. Ayudaba en la cena, cosía con ellas, hacían
manualidades juntas, participaba en pequeñas representaciones, etc. Para ella era algo que aunque le producía una
gran satisfacción y disfrutaba de ello, le traía no muy agradables recuerdos de
mis abuelas que habían tenido Alzheimer y había cuidado también hasta su
muerte.
¿Cuáles eran sus aficiones?
Mi madre era una gran lectora. Quizá esa fue
de las pocas aficiones que pudo cultivar hasta sus últimos días. Multitud de
libros llenan las estanterías de mi casa y fueron su compañía en los momentos
en que no podía salir a la calle por su delicada salud. Me siento profundamente agradecida a mi madre,
porque desde muy pequeña, ella fue la que me inició en la lectura. Creo que su
imagen devorando libros incluso en momentos tan peculiares como durante el
desayuno fue lo que a mí me introdujo en ese mundo.
A mi madre le encantaban todas esas
actividades que estaban relacionadas con la costura. Recuerdo mis tardes de
colegio sentada en el pequeño comedor de mi casa con el ruido de fondo de las
animadas conversaciones de mi abuela y de mi madre cosiendo algunas veces,
otras veces tejiendo o haciendo ganchillo.
Más tarde cuando mi hermano y yo fuimos
mayores y no pasábamos tanto tiempo en casa, formó parte de diversas
actividades grupales dedicadas a las manualidades, donde siempre tuvo muchas
amigas.
¿Cuál es la enseñanza más importante que
consideras que te ha transmitido?
Durante toda una vida, debemos tantísimas
cosas a nuestros padres que sería muy difícil reflejarlas aquí en unas pocas
líneas. Pero quizá me atrevería a decir que me quedaría con su enseñanza en
hacer el bien a los demás, en tener siempre una palabra amable para todo el
mundo, en su preocupación por los que más lo necesitan y en su profunda dedicación
y entrega a su familia. Me parece que mi
madre se refleja de manera muy importante en como yo soy también madre de mis
hijos. Los valores que ella siempre inculcó en mi hermano y en mí son los que
intento yo reflejar en los míos. El profundo amor y la dedicación de tantos
años hacia mi padre y sus hijos son los que hoy en día yo también quiero que
estén presentes en mi familia.
¿Qué recuerdos atesoras con más cariño de
ella?
En estos últimos días después de su muerte,
como me imagino que le pasa a cualquier persona que pierde un ser querido, los
recuerdos surgen a borbotones por cualquier detalle que aparece en el día a
día. Por desgracia, la enfermedad marcó los últimos momentos de mi madre, algo
que aunque aparece en mi mente, intento sustituir con situaciones más felices y
gratificantes.
Recuerdo sus buenos momentos, en los que ella
disfrutaba de sus nietos. Como siempre los esperaba cada fin de semana que
llegaban, con algún regalito y con todas las cosas que a ellos les gustaban
para comer. Como su cara se transformaba al verlos entrar por la puerta y como
llenaban su vida de alegría.
Pero sobre todo mis mejores recuerdos son las
largas conversaciones y los miles de momentos que pasamos juntas. Malos y
buenos. Creo que todos han marcado mi vida en una forma positiva de alguna
manera. Ella fue mi apoyo y yo también
lo fui para ella en las situaciones que por desgracia en la vida tuvo que
superar.
¿Cuál consideras
que es el legado más importante que deja en ti y en sus familiares más
cercanos?
Creo que en lo que principalmente deja su
legado es su espíritu de ayuda a los demás, su cariño al cuidar de los suyos, y
sobre todo de atenderles cuando más lo necesitaban.
Gracias Inma por hablarnos y darnos a conocer cómo era tu madre. Desde
aquí os queremos hacer llegar todo nuestro cariño, afecto y dolor por su
pérdida.
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