miércoles, 1 de junio de 2016

EL AÑO DE LA MISERICORDIA.

 Señor…¿Quién dijo que la vida sería fácil, sin obstáculos ni contradicciones, sin sombras ni dificultades? Pero ahí estás Tú en nuestro horizonte, haciéndote el encontradizo con nosotros…, amándonos y  llenando de sentido nuestra vida. Por eso, te aproximas a nosotros dándonos tú amor y confianza cada día, en el acontecer de las horas…. En cada instante y en cada gesto podemos sentir el alivio de tu presencia cercana, alentando nuestro caminar que nos impulsa a asumir riesgos e intentar cambiar situaciones de injusticia y a no caer en la desesperanza.

Con frecuencia, los cristianos recurrimos a la oración para experimentar un encuentro único con nosotros mismos y con Dios, porque necesitamos sentir su presencia. Para ello dirigimos nuestra mirada y peticiones a Él, a veces con torpes palabras pero siempre con la esperanza de que ellas serán acogidas por su infinita Misericordia. También en nuestra oración podemos ayudarnos con los Salmos de la Biblia, los cuales se han rezado en la Iglesia desde siempre. Con ellos podemos dirigir nuestra oración a Dios en cualquier situación: en los momentos de alegría, inquietud, agradecimiento o alabanza.

De entre todos los Salmos quiero destacar en este año de la Misericordia el  Salmo 50, al que la Biblia de Jerusalén le pone el título de Miserere, palabra con la que comienza el texto latino y que sus primeros versos dicen así en castellano:

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad,

 

por tu inmensa compasión borra mi culpa,

 

lava del todo mi delito,

 

limpia mi pecado…”

 

 

Y así rezando este Salmo en el que imploramos la Misericordia de Dios, recordamos el tiempo que ha pasado desde que el Papa Francisco inaugurara  el Año Santo Jubilar de la Misericordia en el que nos hayamos inmersos, el día 8 de diciembre de 2015. Así durante estos meses hemos reflexionado acerca del término “Misericordia”  proveniente del latín y que hace referencia a una virtud del ánimo que lleva a los seres humanos a compadecerse de las miserias ajenas. Así, el logo elegido para conmemorar este año, creado por el padre jesuita Marko Rupnik,  representa a Jesucristo sosteniendo sobre sus hombros a un hombre desconcertado, desorientado, con el alma descarriada, como podemos sentirmos muchos de nosotros en algunos momentos de nuestra vida.

Por eso sabiendo que Jesús siempre  nos sostiene en los momentos más difíciles, aceptemos la llamada de la Iglesia a perdonarnos a nosotros mismos  y los unos a los otros, porque un Año Santo o Jubilar como el que estamos celebrando,  es tradicionalmente un año de perdón y Reconciliación. Por eso, no podemos quedarnos quietos; tenemos que luchar por nuestra conversión, intentando siempre vivir a la luz de la Palabra del Señor siguiendo la recomendación de Jesús: “Sed misericordiosos como el Padre” (Lc 6, 36).

Y así como Dios nos ayuda día a día, confío en que nosotros podamos ayudar y ser misericordiosos con cuantos nos rodean más allá del 20 de noviembre, solemnidad de Cristo Rey y fecha en la que finaliza la celebración de este Año Jubilar. Seguro que es posible con la ayuda también de la Virgen María, nuestra madre.

Y como dice el Papa Francisco: “Estoy convencido de que toda la Iglesia, que tiene una gran necesidad de recibir misericordia, porque somos pecadores, podrá encontrar en este Jubileo la alegría para redescubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos estamos llamados a dar consuelo a cada hombre y a cada mujer de nuestro tiempo. No olvidemos que Dios perdona todo, y Dios perdona siempre. No nos cansemos de pedir perdón…”

 

MARÍA TERESA GARCÍA PERALES.

 

 

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