sábado, 1 de octubre de 2016

UNA NUEVA SANTA.

 Desde el pasado día 4 de septiembre, día en que tuvo lugar la Misa de Canonización oficiada por el Papa Francisco en la plaza de San Pedro del Vaticano y coincidiendo con el Jubileo del Voluntariado en el Año de la Misericordia, el halo de una nueva luz brilla en el Universo de los Santos, donde todo es de todos y abunda la Paz Eterna. Una nueva Santa dirige nuestros pasos desde el cielo. Su  nombre, Teresa de Calcuta, religiosa elevada a los altares por una vida  siempre  marcada por el servicio y la entrega generosa a los demás.

Años antes, Santa Teresa de Calcuta fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 1979. Para que una persona sea declarada santa por la Iglesia se requieren una serie de pasos, que en ocasiones han durado incluso siglos. El proceso no puede empezar hasta pasados cinco años del fallecimiento, aunque esto no sucedió en el caso de la Madre Teresa ya que el Papa Juan Pablo II, aceleró en 1999, mediante dispensa, el proceso de beatificación de la religiosa y en 2002, en una misma sesión, promulgó los decretos por los que se reconocían las virtudes heroicas y un supuesto milagro por su intercesión. Todos estos hechos culminaron el día 19 de octubre con la proclamación de Beata a la Madre Teresa.

Gonxha Agnes Bojaxhiu, que así se llamaba nuestra nueva Santa, eligió el nombre de Teresa al ordenarse monja, en sus propias palabras: “No por la grande Teresa de Ávila, sino por la pequeña, Santa Teresa de Lisieux”. Ella, que nació un 26 de agosto de 1910 en Skopje, entonces parte de Albania, creó en 1950 en una barriada chabolista de Calcuta, una nueva congregación llamada “Misioneras de la Caridad” al servicio de los más pobres, los sin hogar, los lisiados, los leprosos…, en definitiva a los que la mayoría de nosotros rechazamos e ignoramos a diario. Bien conocida es la frase que muchas veces dijo al acercarse a ellos y que recordó el Papa Francisco en la  Homilía de la Misa citada anteriormente : “Tal vez no hablo su idioma, pero puedo sonreír…”.

Dicha Congregación viste en vez de un hábito, un sari(tradicional prenda femenina india) tejido de algodón, de color blanco, como los que usan las mujeres más pobres de la India que no pueden darse el lujo de usar tejidos teñidos ,  orlado con franjas azules que simbolizan el deseo de imitar a la Virgen María,  y unas humildes sandalias en los pies. Dicha indumentaria  siempre me ha llamado la atención por su originalidad, simplicidad y belleza, desde que pude ver a algunas hermanas por primera vez trabajando en un Asilo en Ciudad del Alto en Bolivia, allá por el año 1997. Allí pude contemplar de primera mano la valentía de estas mujeres entregadas a atender a cientos de personas mayores, enfermos abandonados y a deficientes rechazados por sus propias familias, recogidos  deambulando indefensos por  las calles sin saber adónde ir. Allí también fui consciente de su labor callada y de su entrega desinteresada  para construir un mundo mejor en favor de los más débiles. Ella, que físicamente siempre se caracterizó  por su pequeña estatura inversamente proporcional a su gran calidad humana y fuerza que la llevaron a dedicar su vida por entero a descubrir a Cristo en los hermanos más pobres y despreciados de la humanidad hasta el final. Y a pesar de que quiso dimitir en 1990, las monjas de la Orden no dejaron que ello ocurriese, siguiendo al frente de la Congregación hasta 1997, cuando María Nirmala Joshi tuvo que tomar el mando debido a la afectada salud de la fundadora. Su labor no terminó con su muerte, porque su obra sigue en la actualidad con unas 4.500 misioneras en más de 130 países, donde siguen trabajando sin cesar. Que su vida sea siempre un ejemplo para todos y su Obra continúe por siempre.

 

Foto: Misioneras de la Caridad portando reliquia de la Madre Teresa de Calcuta.

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