martes, 1 de noviembre de 2016

NOVIEMBRE, MES DE TODOS LOS SANTOS.

 Ha llegado noviembre, penúltimo mes del año que nos evoca imágenes de cipreses y crisantemos, de trasiegos de velas y flores y de visitas a los cementerios… Un mes que comienza trayendo a nuestra memoria el recuerdo de los seres que ya no están junto a nosotros y que dejaron huellas imborrables en nuestras vidas, familiares y amigos  que no olvidaremos y que eternamente amaremos.

Los católicos celebramos al comienzo de este mes, la festividad de todos los Santos, una tradición que ha de llevarnos a  orar de forma especial por aquellos que un día formaron parte de nuestra existencia y que hoy por hoy se encuentran o aspiran a disfrutar eternamente de la presencia de Dios Padre Celestial. Fue el Papa Gregorio IV quien ordenó en el año 835, que el mundo cristiano honrara a todos los Santos del cielo en esta fecha y se cree que eligió el 1 de noviembre porque coincidía con una de las cuatro grandes fiestas de los pueblos germanos, ya que la política de la Iglesia en esos años era reemplazar y eliminar todos los ritos paganos.

 

Y así, seguimos año tras año visitando a nuestros seres queridos en  el “Cementerio”, vocablo que procede del griego bizantino “koimetérion”: del verbo “koimo”, dormir y –terion, sufijo de lugar  y que puede traducirse como “dormitorio” (de los muertos), porque, según la creencia cristiana, en el cementerio, los cuerpos dormían hasta el día de la Resurrección.

No deja de ser extraño por tanto, el que el visitar estos lugares, nos lleve a experimentar una amalgama de sentimientos que afloran en el alma y que nos ayudan a reflexionar sobre el sentido y la existencia de la vida más allá de la muerte y asumir que ésta, no es más que el principio, como dejaba entrever  el sacerdote poeta y periodista José Luis Martín Descalzo, en su conocido poema, donde expresaba el haber deseado la muerte por estar al fin delante de Dios:

Y ENTONCES VIO LA LUZ...

Y entonces vio la luz. La luz que entraba
por todas las ventanas de su vida.
Vio que el dolor precipitó la huida
y entendió que la muerte ya no estaba.

Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba.

Acabar de llorar y hacer preguntas;
ver al Amor sin enigmas ni espejos;
descansar de vivir en la ternura;
tener la paz, la luz, la casa juntas
y hallar, dejando los dolores lejos,
la Noche-luz tras tanta noche oscura.

 

Así, con este recuerdo, me gustaría por tanto invitaros a la reflexión y hacer un paréntesis en medio de tanto ruido como a veces hay en nuestras vidas, para leer este poema que pertenece a la obra el “Testamento del Pájaro Solitario”, libro que vio la luz en abril de 1991, pocas semanas antes del fallecimiento de su autor y en el que el mismo quiso ahondar en sus anhelos y en la búsqueda constante de Dios por la que se caracterizó toda su vida.

Sigamos pues manteniendo la costumbre de visitar, limpiar las tumbas y  llevar flores  a los que un día nos dejaron. Y aunque a veces, nos dejemos influenciar por tradiciones venidas de otros países, especialmente anglosajones, no debemos olvidar a nuestros difuntos para que nuestra oración le ayude a la remisión de sus pecados. Así haremos que para todos, el Día de Todos los Santos siga siendo una de las más importantes del año, tanto por su significado religioso como por todas las costumbres que conlleva en nuestro país.

MARÍA TERESA GARCÍA PERALES.

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario