Ha llegado noviembre, penúltimo mes del año que nos evoca imágenes de cipreses y crisantemos, de trasiegos de velas y flores y de visitas a los cementerios… Un mes que comienza trayendo a nuestra memoria el recuerdo de los seres que ya no están junto a nosotros y que dejaron huellas imborrables en nuestras vidas, familiares y amigos que no olvidaremos y que eternamente amaremos.
Los católicos celebramos al comienzo
de este mes, la festividad de todos los Santos, una tradición que ha de
llevarnos a orar de forma especial por
aquellos que un día formaron parte de nuestra existencia y que hoy por hoy se
encuentran o aspiran a disfrutar eternamente de la presencia de Dios Padre
Celestial. Fue el
Papa Gregorio IV quien ordenó en el año 835, que el mundo cristiano honrara a
todos los Santos del cielo en esta fecha y se cree que eligió el 1 de noviembre
porque coincidía con una de las cuatro grandes fiestas de los pueblos germanos,
ya que la política de la Iglesia en esos años era reemplazar y eliminar todos
los ritos paganos.
Y así,
seguimos año tras año visitando a nuestros seres queridos en el “Cementerio”, vocablo que procede del
griego bizantino “koimetérion”:
del verbo “koimo”, dormir y –terion, sufijo de lugar y que puede traducirse como “dormitorio” (de
los muertos), porque, según la creencia cristiana, en el cementerio,
los cuerpos dormían hasta el día de la Resurrección.
No deja de
ser extraño por tanto, el que el visitar estos lugares, nos lleve a
experimentar una amalgama de sentimientos que afloran en el alma y que nos
ayudan a reflexionar sobre el sentido y la existencia de la vida más allá de la
muerte y asumir que ésta, no es más que el principio, como dejaba entrever el sacerdote poeta y periodista José Luis Martín Descalzo, en
su conocido poema, donde expresaba el haber deseado la muerte por estar al fin
delante de Dios:
Y ENTONCES VIO LA LUZ...
Y entonces vio la luz. La luz que entraba
por todas las ventanas de su vida.
Vio que el dolor precipitó la huida
y entendió que la muerte ya no estaba.
Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba.
Acabar
de llorar y hacer preguntas;
ver
al Amor sin enigmas ni espejos;
descansar
de vivir en la ternura;
tener
la paz, la luz, la casa juntas
y
hallar, dejando los dolores lejos,
la
Noche-luz tras tanta noche oscura.
Así, con este recuerdo, me gustaría por tanto invitaros a la
reflexión y hacer un paréntesis en medio de tanto ruido como a veces hay en
nuestras vidas, para leer este poema que pertenece a la obra el “Testamento del
Pájaro Solitario”, libro que vio la luz en abril de 1991, pocas semanas antes
del fallecimiento de su autor y en el que el mismo quiso ahondar en sus
anhelos y en la búsqueda constante de Dios por la que se caracterizó toda su
vida.
Sigamos
pues manteniendo la costumbre de visitar, limpiar las tumbas y llevar flores
a los que un día nos dejaron. Y aunque a veces, nos dejemos influenciar
por tradiciones venidas de otros países, especialmente anglosajones, no debemos
olvidar a nuestros difuntos para que nuestra oración le ayude a la remisión de
sus pecados. Así haremos que para todos, el Día de Todos los Santos siga siendo
una de las más importantes del año, tanto por su significado religioso como por
todas las costumbres que conlleva en nuestro país.
MARÍA
TERESA GARCÍA PERALES.
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