sábado, 1 de septiembre de 2018

BOLETÍN VERA+CRUZ 2018

 CINCUENTA AÑOS DESPUÉS

Generalmente me gusta rebuscar citas de personajes célebres y analizarlas, buscando la enseñanza que se esconde ineludiblemente tras ellas. Por ello, entre los textos de este tipo  que se atribuyen a Albert Einstein hay una que dice: “Nunca pienso en el futuro. Llega demasiado pronto…”. Y así es, nos damos cuenta de lo efímero que es el tiempo al echar la vista atrás y empezar a apreciar la rapidez con la que se han ido sucediendo todo tipo de experiencias en el pasado. Y a las pruebas me remito, porque en estos días se cumple un año de una reunión muy especial que tuvo lugar en septiembre de 2017, en la cual, alrededor de 60 “begijeños” nacidos en 1967, nos encontramos para festejar en común nuestros 50 años de vida.

Y como todo tiene un principio, comenzamos con la creación de un grupo en Facebook, el 22 de marzo de 2016, cuando cercanos al año en que ibamos a cumplir 50 años, intentamos localizarnos unos a otros, y en seguida la noticia de que nos queriamos reunir  corrió como la pólvora entre los miembros de la generación. Unos fueron llamando a otros y al final la idea fue tomando forma. Antonia Fernández, se tomó la molestia de ir al Registro Civil de Begíjar y sacar la lista de los nacidos en ese año: 92 en total,  a los que había que sumar algunos que no nacimos aquí pero que nos consideramos de nuestro pueblo como el que más.

Más tarde se creó un grupo  whatsapp para estar más en contacto. Empezamos a dilucidar cuál sería la fecha más idónea para encontrarnos, lo cual costó hasta que pudimos llegar a un consenso, pero al final se estableció fecha, un sábado 23 de septiembre y con un plan bastante definido, el poder comer todos juntos.

Sin duda fue un día muy intenso, que permitió el reencuentro de un grupo de “begijeños” nacidos el mismo año, con vidas, historias  y motivaciones distintas, pero unidos por recuerdos comunes de la infancia, unas horas donde no faltaron las anécdotas y las bromas y  en las que pudimos disfrutar y reavivar  tiempos pasados que subyacen en nuestra memoria. Recuerdos que nos envuelven  y fortalecen cuando a veces, las dificultades invaden nuestro presente sin esperarlo.

Ya entrada la noche, y siguiendo una bella costumbre desde hace unos años, el cielo de Begíjar se llenó de farolillos que iban ascendiendo desde la plaza. Pude contemplarlos de regreso a mi casa, después de haber pasado un día inolvidable entre risas y recuerdos infantiles. Era ya de noche y la multitud de luces que ascendían hacia la oscura inmensidad de lo alto, transformaban el espacio de la plaza en un lugar mágico y a la vez  único.

Hay muchas creencias populares en cuanto a la simbología de esta tradición que se celebra en muchos países del mundo. Quizás, la más aprobada sea que esta práctica sirve para transmitir nuestros deseos al cielo, de modo que cuánto más se elevan es más posible que el cielo responda a nuestras oraciones y a la consecución de nuestros deseos.

Al otro día, día 24 por la mañana, pudimos vivir momentos especialmente bonitos, como la ofrenda floral de los caballistas al Cristo y ya por la tarde, antes de partir a Manzanares, pude contemplar de nuevo a nuestro Cristo a un lado del atrio del templo, dispuesto a recibir la Ofrenda Floral. Y es que impone ver su imagen en la plaza y acercarse a ofrecerle un clavel mientras elevamos una oración por nuestras necesidades y por aquellos que más queremos. Mientras,  me preguntaba…: ¿Qué poder puede tener la imagen de nuestro Cristo para fortalecernos tanto? Sin duda, la devoción y el fervor que sentimos en su presencia, al ser el habitante de nuestro pueblo más importante y ante el cual resulta difícil permanecer indiferente. Aquel que todo lo puede y con respecto al que podemos proclamar como dice un fragmento de  la canción ¿Qué te puedo dar? de Luis Alfredo, que tantas veces canté en el coro de nuestra parroquia: “Todo lo que sé, todo lo que soy, todo lo que tengo…, es tuyo”.

Que no se pierdan nunca  uno de los tesoros mejor guardados de nuestro pueblo, el de nuestras costumbres y la memoria de nuestras tradiciones, y que sepamos transmitirlas de generación en generación, como nosotros las hemos recibido de nuestros mayores. Sólo así conseguiremos que vivan durante siglos y garanticen la identidad de Begíjar. Y por supuesto, que nuestro Cristo siga teniendo el papel central que siempre ha ocupado en nuestros corazones y en nuestras vidas. Sin Él, el motor de nuestra existencia,  nuestra vida carecería de sentido.

Termino, volviendo al tema que ha inspirado este artículo,  con un proverbio africano que dice: “Las huellas de las personas que caminaron juntas nunca se borran…”. Y así es, los que en este caso un día fuimos amigos y recorrimos un camino juntos, siempre nos recordaremos  mutuamente. Por eso, los efectos de nuestros actos perdurarán en nuestra memoría siempre.

 






MARIA TERESA GARCÍA PERALES

 

 

 

 

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