Mamá, ahora que te fuiste, lucho por descubrir cómo aprender a vivir sin ti. A pesar de todo cuánto me enseñaste, todo lo que me ayudaste a crecer a tu lado y me empujaste a convertirme en lo que hoy soy, nunca me hice a la idea de cómo sería sobrellevar tu ausencia. Sea a la edad que sea, la muerte de una madre duele, es difícil de aceptar, hace que la vida se torne distinta, porque falta su cobijo, su voz que apacigua, sus manos que abrazan y su mirada profunda que averigua qué te pasa sin apenas mediar palabras.
No es fácil vivir sin ti, ya nada es igual. Sé que estás en el cielo, que te has reencontrado con mi padre y con los que te precedieron y que gozáis de la vida eterna. Tengo la certeza de que estáis bien, pero ello no impide que os recuerde cada día, y que sienta un vacío indescriptible, difícil de llenar. Con tu partida decimos adiós a todos los hijos de tus padres, Juan Antonio e Isabel, a cuyo tronco me siento orgullosa de pertenecer. Os imagino a los cinco hermanos Perales Marín reunidos allá arriba, juntos de nuevo, con el corazón lleno de recuerdos compartidos, forjados en la dureza de aquellos años en que vinisteis a la vida y salisteis adelante, a pesar de las sombras de esa época.
Ya no podré escuchar tu voz al otro lado del teléfono, ni contarte lo que me pasa, ni sentir que aún en la distancia, me apoyabas y me animabas a seguir adelante a pesar de las dificultades. Ya nunca podré escuchar tus sabias palabras, ni volver a oír tus consejos, tampoco podré reír contigo, con tus ocurrencias y tu sentido del humor, cuando recordabas cosas que te habían pasado, y las contabas con esa mezcla de calidez y ternura, de la forma en que sólo tú te sabías expresar.
Gracias por impulsarme a conseguir mis objetivos, por creer en mí y apoyarme incondicionalmente. Mucho de ti vive en mí y sé que evocarte me procurará la fuerza necesaria para avanzar, sintiendo en cada paso tu presencia y tu luz guiándome, como faro que alumbra mis oscuridades y viento que abraza mi alma, haciéndome sentir llena de esperanza.
Gracias por ser única y por darme la vida, por tu sonrisa y por regalarme una infancia feliz, por tus enseñanzas y por ser continuamente mi ejemplo. Por los cuentos que me contabas una y otra vez antes de dormir, aunque estuvieses cansada, por tus historias que me trasportaban a otros tiempos, por cuidarme y por alegrar mi mundo con las canciones que me cantabas de niña y, en definitiva, preocuparte por mí y ofrecérmelo todo sin reservas.
Tu amor permanece intacto en mi memoria, porque fuiste mi aliento e inspiración. Descansa en Paz y no dejes de sostener mi alma hasta que, de nuevo, podamos reencontrarnos y volvernos a abrazar, para entonces, no separarnos nunca.
Un beso hasta el cielo. Te amaré siempre.
MARÍA TERESA GARCÍA PERALES.
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